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Brújula
Por Mercedes Casanegra
      En el inicio la obra que se conoció de Leonardo Cavalcante fue su pintura. Hoy su poética le dictó ampliar su campo expresivo y el sentido de ese eje pictórico se extendió a objetos o a la instalación combinada que exhibe en Schilfka-Molina en octubre de 2013.
Figuras humanas enigmáticas o estatuas vivientes en escenarios fantásticos; pavimentos ondulantes en círculos concéntricos vueltos oblongos, troncos de árboles delgados, suelos de montañas piramidales, acantilados, un cielo nocturno estrellado invertido.
Los rostros de los personajes no poseen rasgos definidos y se inclinan hacia abajo como si sus miradas, aunque no explícitas, interrogaran el entorno para convertirse luego en visiones interiores. Cada uno extiende el tacto de su mano derecha para acentuar la actitud de exploración del paisaje circundante. Algunos asimilan su apariencia al suelo que los sostiene, otros se diferencian del mismo, pero todos sugieren una mutua conexión. La inminencia de dilucidar un enigma sobrevuela las escenas una a una.
Se trata de un clima de ensueño que contiene un mundo, a menudo, más real que el real, el universo de la consciencia profunda que habita la psique humana. Y, ese cosmos es alcanzado en clave simbólica, a diferencia de la evidencia racional, y puede ser descifrado infinitas veces.
Las imágenes del artista aluden a figuras arquetípicas, a entes enigmáticos, que invitan a una exégesis y a una puesta en acto. Y, esto sobrevendrá de parte del espectador quien a través de un paseo, de un recorrido, por estos paisajes, y de una transitoria identificación con estos seres ideales, emprenderá una vía de interpretación subjetiva. Será esa experiencia de elucidación la que hará posible el acceso a otros planos de consciencia. Sucederán la integración, la convergencia y el nacimiento de un hombre nuevo, y no por única vez. Estos mundos de Leonardo Cavalcante no están fijos, sino que son continuamente dinámicos, como el reflejo, como el agua.

Thor - Tranfiguraciones
Por Daniel Fisher
       De innegable teatralidad y ficción, con un carácter teleológico, las piezas de Cavalcante transitan misteriosas con una indudable y extraña respiración holotrópica. Un acercamiento a la autoexploración y la sanación. Una búsqueda basada en la introspección desde la investigación moderna acerca de la conciencia, la antropología, la psicología transpersonal, las prácticas espirituales orientales, la cábala, el esoterismo y las tradiciones místicas del mundo. 
   En sus trabajos cristaliza una confluencia paradójica: formas visuales simbólicas chocan con cierta geometría lúdica ante recurrentes acciones performaticas ilustradas. Además un subtexto invisible, aunque el espectador no lo advierta, rememora innegables ideas que habían propuestos los artistas de la vanguardia latinoamericana del arte moderno. En especial, los que habían participado activos en corrientes o experiencias de espiritualidad y una concepción sagrada en el arte; aquellos que utilizaron signos y símbolos como medios de obtener visiones astrales controladas.  
   Aun cuando existan fuertes golpes de alto cromatismo, la mirada alcanzará a intuir la existencia de lugares entumecidos, sombríos y abrumadores. Las imágenes representadas en el espacio pictórico parecerán siempre sacadas de contexto y constituidas con un tamaño antinatural, en ocasiones, desproporcionadas o suspendidas. Esta alteridad envuelta de cierta supuesta quietud y silencio, en la aparición de imágenes mínimas en un campo extendido, tienen como finalidad crear espacios oníricos y sugerentes en los que el receptor contribuya a crear el sentido definitivo de lo que se representa. 
   La posturas del cuerpo, cantidad y número de elementos, la parición por momentos de poliedros y cristales, portales y luminiscencias, partícula, cielo y nocturnidad  engendran extrañas pinturas visionarias que avanza al parecer en el incuestionable mundo de los “principios de autonomía”. Así, la intencionalidad, conocimiento y ausencia de constricción del ser parecen fundantes en el trabajo de Cavalcante. Por un lado para entender lo que podríamos llamar un verdadero límite moral y por el otro una capacidad humana capaz de auto regularse siguiendo su significado etimológico que implica estar libre, tanto del control y la injerencia de otros, como de limitaciones internas.

Presagio

Por Evelyn Marquez
      Entrar a la muestra de Leonardo Cavalcante se asemeja a atravesar un portal, temporal pero sobre todo espacial. Iniciar un viaje hacia un universo nuevo, con puntos en común con el nuestro pero también con otros completamente distintos.
Y como cada vez que nos dirigimos a un lugar desconocido, buscamos alguna referencia, necesitamos de un instrumento que nos guíe, nos acompañe y nos conduzca para no perdernos. La brújula será entonces nuestro elemento.
Desde afuera, en la vidriera, nos recibe un ser recubierto en grafito brillante que dormita bajo el sol; tal vez, incluso sueña. Como si fuéramos nosotros los que estamos en el interior de una cueva, vemos una luz que se proyecta a lo lejos, la silueta de un hombre que trabaja. Desde dentro, la penumbra nos envuelve.
Ya en la galería y predispuestos a comenzar el viaje, vemos una serie de personajes que habitan solitarios cada uno de los espacios pictóricos que los contienen, que como si fueran cristales adoptan diversas figuras geométricas. Los paisajes de este mundo divergen entre sí, una cadena montañosa conformada por pirámides; ondas expansivas de mil colores que invaden los suelos; un río delineado por puntos luminosos, que destellan como un conjunto de noctilucas, organismos que brillan en las profundidades marinas.
Los personajes, cuyos rasgos exactos desconocemos por la forma en que sus trajes cubren también sus rostros, están ensimismados en sus actividades, reflexionan, meditan. Algunos llevan armas, quizás partiendo rumbo a una cacería. Todos se nutren de su contexto, se mimetizan aunque sea de manera parcial, reabsorben las tonalidades adyacentes para conformar sus atuendos, se alimentan de los árboles, del agua, del suelo. La integración con esta extraña naturaleza es total.
Pero no solo de pinturas se compone la exhibición, una serie de dibujos irrumpe en medio de la sala. La cabeza de los protagonistas desaparece aquí; en varios casos es absorbida por una especie de nube molecular a la que parecen asomarse para estudiar su contenido. Su órgano del pensamiento se expande así en una especie de prótesis, que los confirma como homo sapiens, la especie que más ha desarrollado su cerebro entre todas las existentes.
Cuando pensamos que el viaje se termina y la oscuridad cierra el espacio de la muestra, notamos que en el fondo hay algo más. En la pequeña sala contigua a la principal nos esperan 4 metros cuadrados de mar. En una pileta encontramos lo que parece ser un corte trasversal de un fragmento de agua marina; pequeños oleajes la impulsan contra los bordes, como queriendo escapar de estos márgenes que la contienen y reflejando el movimiento en las paredes. Quizás en el fondo de estas aguas turbias habite un ser sumergido que se esconde, por ahora, de nuestros ojos y que éste sea el estímulo misterioso causante del temblor. Nos queda observar y ver qué sucede, acaso sea eso lo que hacen los protagonistas de las pinturas, examinar detenidamente todo aquello que los rodea, captar la información de su entorno para después transmutarla.
Sin proponérnoslo, la visión del agua en movimiento ejerce un efecto oscuramente introspectivo, detonando múltiples pensamientos de toda índole. Y empezamos a sospechar que tal vez nunca salimos hacia ese nuevo universo que creímos descubrir. Tal vez sólo nos proyectamos dentro de nosotros mismos.

Fantasía Fantasma
Por Lucas Marín
¿Qué es la Imagen sino fantasía y fantasma?
      Por un lado en ella se condensa un tipo de temporalidad inestable: el artista - creador de imágenes, proyecta, como arrojando al futuro un deseo, imagina, fantasea. Pero la imagen, a su vez, encarna otros vestigios del pasado. Cada operación en la materia-forma es como el calco de un fragmento, de imágenes ya vistas, ya vividas. 
El fantasma se cuela en cada obra-imagen que nace en el cruce y la tensión de diversos tiempos. La imagen como fantasía-fantasma, sitio del simulacro (Phantasmata) y del tiempo indeciso, del sueño (Phantasos), de lo que retorna (supervivencia), del deseo. Cada una de estas obras nos recuerda la cualidad espectral que tiene en sí misma toda imagen y a su vez nos revelan un carácter onírico. Nos dislocan de una  temporalidad fija: de la ensoñación mítica, a la visión fantástico-futurista. Nos muestran, nos señalan el sitio de la ausencia (fantasma es ausencia, fantasía es falta). Estas imágenes se presentan como un cúmulo borroso o indeciso pero que se sostienen así en el tiempo: con una oscuridad tenue, como un fantasma o un sueño.


Reloj de la noche
Por Gabriel Baggio
“Nomás nos queda esta noche, para vivir nuestro amor…”
Roberto Cantoral

   Un clima tenso y calmo a la vez nos detiene ante el transito distraido por el mundo. Paisajes enigmáticos, figuras donde podemos reconocernos, o queremos. Deseamos que enfrentarnos ante la dolorosa existencia sea tan placentero como les resulta a los personajes de estas pinturas. Encontrarnos ante la inmensidad siempre nos hace reflexionar y nos paraliza en tanto nos vemos naturales. Inmediatamente después, nos damos cuenta de la distancia que en sí nos define, y nos angustiamos. Ese momento suspendido y sombrio es en el que Leonardo Cavalcante nos sitúa.Huimos sin dejar de leer el titulo de la muestra nuevamente. Inevitablemente el tiempo transita sobre nosotros.

                                                                       




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Leonardo Cavalcante

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